viernes, 29 de mayo de 2009

La Sombra



Todo está en penumbras. En el fondo de tu habitación cobra vida una sombra que sale desde un rincón y se acerca lentamente... la sombra te observa, vela tu sueño por unos instantes, impaciente.

Acerca la silueta oscura que se dibuja de su nariz y te respira, roba tu aliento; súcubo succionando la forma que de tu alma exhalas en tu tranquilo sueño; seguro, abandonado e indefenso.

La sombra roza con su oscura mano tus mejillas; sientes la caricia, suave, tibia. Quieres abrir los ojos, pero velozmente otra mano vela tu intento, conminándote a sentir sin ver su fantástico cuerpo convertido en deseo negro.

La sombra te susurra, “Estoy aquí, finalmente a la vera de tu lecho” y te abandonas a sus palabras, porque la conoces, porque la esperabas en las penumbras de tus infinitas madrugadas.

Su etéreo ser se posa sobre ti y escuchas, lejano, su suspiro anhelante, como eco de las sensaciones mil veces evocadas; suspiras también al sentir sus caricias en tu pecho, mariposas negras revoloteando en tus pectorales, entusiasmadas.

Las mariposas descienden y se convierten en garfios que te van desnudando. La sombra te observa, “Que hermoso eres”, repite en cantinela. Palpa con sus dedos tus piernas, casi no puedes sentirlo y pronto llega la manga de su capa negra, donde le ha indicado el deseo.

Posee firme tu sexo, palanca que hala su boca sedienta hacia ti, y sientes su saliva, su lengua, su cálido aliento, abarcarte entero desde tu centro. Dueña de ti es la sombra ahora, lamiendo y chupando, te tiene a merced de sus labios.

Quieres moverte pero la incorpórea ama no te lo permite, “Déjame a mí, simplemente déjame a mí”, repite suave pero firmemente, y sube en ti abrazándote con sus piernas. Sientes finalmente su beso y tus ansias responden con tu lengua dentro de ella.

Finalmente sientes su sexo, dejándose abrir en herida por tu hoja afilada; desciende lento, húmedo, caliente, palpitante y vivo, vivo en ti; hecho ser palpable sólo por tu ilusión anhelada.

Prominente la abarcas completa y te hierven las venas de sentirla así, poseída y también esclava; sombra siempre esquiva que ahora te entrega, dentro de su entrepierna, su última morada.

Un susurro escuchas, bajito en tu oreja,“Hazlo, termina de invadir mi cuerpo como ya me invades el alma” y entiendes clara su orden convertida en ruego, mientras sus movimientos aceleran su cabalgata, persuadiendo tu control a punta de deseos que se impulsan en escalada.

Estallas en ella y lágrimas derramadas se yerguen en promesa. La voz oscura jadea un quejido amargo y una risa satisfecha y, luego de besarte con ansias de hambres continuas, repite por lo bajo y quebrada “Estoy aquí, siempre aquí, nunca ceses en tu espera”.

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