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sábado, 30 de mayo de 2009

Ángeles sin demonios



- Dime algo
- Te vas a morir, aparte de eso todo está perfecto ¿verdad?


Era así, era simple, mi muerte decidió hundir el pie en el acelerador y se venía vertiginosa, implacable, inevitable, pero no tenía por qué ser un drama, ni una tragedia; venía, sencillamente un poco bastante más rápido de lo normal, sólo quedaba esperarla y decepcionarla con una sonrisa y una buena taza de café.

“Una característica que tiene la mayoría de los tipos de Hipertensión Pulmonar es que no es reconocida hasta que está bastante avanzada. Como resultado, mucha gente puede tener Hipertensión Pulmonar sin saberlo, de modo que puede pasar desapercibida como en su caso…” fueron las primeras palabras que conseguí entender de todo lo que decía el médico al declararme desahuciada, luego de haber tenido una vida sin vicios ni enfermedades que me llevaran a sentirme tan mal; extrañamente Mauro lo escuchaba todo y sólo me escrutaba con la mirada, como pensando cuál sería su próximo chiste, su nueva manera de hacerme reír; como pensando cuál sería su nueva forma de hacerme feliz, su único objetivo evidente desde que decidimos estar juntos.

Entre él y yo todo comenzó tan suavemente como solamente puede pasar desde la amistad, un viaje de graduación en la misma isla donde terminamos quienes no tenemos papi con yate, playa nocturna de amigas cazando aventuras y amigos jugando a ser hombres; borrachos de vida, drogados de sensaciones de nueva libertad, pretendiendo crecer antes de tiempo. Terminamos siendo un grupo hermoso de amigos que se encontraban con frecuencia para distraernos de las desconocidas responsabilidades universitarias; jugábamos rol, nos ayudábamos con nuestras vicisitudes, nos llamábamos casi a diario para comentarnos de aquél injusto profesor, de la excelente nota del trimestre, de los trabajos sin resolver para que cualquiera saliera corriendo a ayudar aunque fuera con el eterno café que nos acompañaba en cada reunión. Pero siempre se simpatiza más con uno y mi empatía era total con Mauro.

En el fondo todos sabíamos que el amor nos había nacido pero como siempre intentamos mantener aquello que nos parece más seguro, ambos nos dejamos sentir los celos ocultos de otro amor, nos aconsejamos para seguir adelante, jugamos a reconocernos poco a poco con la paciencia que no existe en las pasiones y hoy tal vez lo único que lamento es no habernos dejado vivirlo más tiempo, pero ¿cómo? Nuestra amistad se basaba exclusivamente en hacernos reír, él es el payaso de siempre, el perfecto irónico, el fuerte casi insensible que nos sensibilizaba a todos, nuestro pilar… y yo, su alma gemela, el espejo que de repente lo reflejaba sin penetrarlo, como somos todas las imágenes.

Hemos pasado días reconstruyendo lo que ya mi cuerpo no puede hacer; recuerdo sus ojos hinchados al entrar a mi habitación luego del diagnóstico, sonreí para él y su silencio interrogante, “dime algo”, le dije, y él comprendió perfectamente que no le huimos a la realidad, nos reímos de ella, “Te vas a morir, aparte de eso todo está perfecto ¿verdad?” y a partir de ese momento realmente lo estuvo, comenzaban los mejores minutos de mi existencia, y comenzaban gracias a él.

Es gracioso como todo el mundo siente que uno, al saberse muerto antes de tiempo, tiene todas las respuestas, todos los consejos certeros y se convierte, sin darse cuenta ni pedirlo, en el mejor confidente y en el obligado pilar para que nadie más se derrumbe, ja, la mejor metáfora viviente de una lápida ¿quién mejor guarda un secreto? ¿Qué mejor apoyo para recostarse a llorar?

Aproveché esta nueva circunstancia y así supe cómo dos de mis amigos se debatían en un amor compartido, cómo ella no sabía elegir entre los dos, cómo otros redescubrían mutuamente su sexualidad, pero sobre todo descubrí los miedos más profundos de Mauro, supe su historia de amor sin mí mientras no se animaba a confesarme su entrega, me confesó cómo vio mis rodillas (¿¡rodillas!?) aquella noche en la playa, cómo se rió internamente de mis berridos intentando cantar con el grupo recién conocido; también me contó del odio que sintió el día que me escogió la ropa para esa cita a ciegas que me habían preparado mis amigas y que fue él quien pegó los broches en mi espalda luego de ajustarme el corsé para evitar que alguien pudiera “desajustarlo” (y lo logró, luego yo misma no me lo podía quitar) y sin duda lo más hermoso fue escuchar nuestra historia de amor contada por él mismo.

“Escogí las 6 de la mañana sin avisarte para verte despeinada y con ojeras a ver si por casualidad me arrepentía” dijo entre risas para explicarme por qué se había aparecido bajo mi ventana así de intempestivamente a declararme su amor callado durante tanto tiempo “lo peor fue que no me arrepentí porque no podía desperdiciar la oportunidad de verte así todas las mañanas para reírme de ti y tu facha, jamás pensé que podría verte aún peor para reírme, como ahora” y yo con un respirador clavado en mi nariz, bata blanca con rombitos celestes y arrugada, con esa tonalidad morada en los labios y el cabello hecho una estopa sobre la almohada riendo para él “Estará bien que nos riamos así” preguntaba yo, y él: “¿en un momento como éste? Claro ¡más que nunca!”. Me causaba intriga cómo hacía para no abandonar nunca la sonrisa para mí, cómo para llorar sin lágrimas cuando yo lo veía; lo descubrí una noche, por primera vez escuché su voz quebrada mientras me creía dormida, acariciando mi rostro y diciendo “Quiero amarte hoy por si no hay mañana” no quise fingirle mi sueño y me dejé llorar “no quiero morirme Mauro” y apreté su mano, pero al abrir los ojos y verlo destruido no pude dejarnos entregar a la tragedia “no me gusta morirme, recuérdame no volver a hacerlo” y estallamos en la risa y en el llanto libres, como siempre lo fuimos.

Sí, llegó un momento que todos nos creían perversos, al borde de la locura o cínicos en demasía, hasta un psiquiatra vino con la necesidad de que sufriera mientras yo intentaba, como siempre, imitar a Mauro y le decía que podía conseguir más honorarios por horas con una persona que no tuviera fecha de muerte tan próxima como yo, pero él no se reía, se limitaba a intentar convencerme de que tenía que aceptar mi realidad y yo un poco en broma, un poco en serio, le respondía que qué caso tenía curar la mente de una persona que no tenía ya más pulmones para oxigenarla; el psiquiatra nos diagnosticó como una especie de depresivos reprimidos cuando un día entró Mauro y en plena “sesión” dijo con toda su voz “pues nada, ya tengo la perfecta prueba para decir que lo de los pulmones era una excusa para morirte antes de que te declararan enferma mental, pero yo no necesitaba de un psiquiatra para eso, si me dabas un poquito más de tiempo todos se darían cuenta”. Su objetivo era hacerme feliz, era arrancarme la risa ¿de alguna manera se puede pasar mejor los últimos días de la vida?

Y sí, claro que sufríamos, claro que nos lamentábamos, pero nuestros gemidos de dolor eran las risas, nuestro reclamo a la vida y su destino, eran los chistes, muy negros tal vez, es verdad, pero eran ellos nuestro reproche diario y, para cerrar, nuestra venganza sería la taza de café mía antes de morir, suya después de mi partida, ese era el trato, y sabía que lo cumpliría. Además llorar dolía mucho en mi pecho, era muy difícil en mi condición hacerlo libremente, así que decidí reírme, no me exigía tanto la sonrisa o hasta una carcajada, ¿por qué no hacérmelo fácil? ¿por qué no hacérselo fácil? Era tiempo de que también mi único objetivo fuera hacerlo feliz, total para mí ya no tenía mucho caso tener objetivos.

Tuve suerte, toda la suerte del mundo, él ha estado en mi vida y para él son estas palabras perdidas y mis últimas sonrisas retratadas, porque quiero que sepa ser feliz siempre, quiero que se equivoque mucho porque los errores son la mejor manera de aprender, quiero que sepa que me dio todo lo mejor que puede darle a alguien para ser feliz, mil dientes de carcajadas cada mañana, amor infinito y, por supuesto, una taza de café siempre tibia, porque caliente “te la pongo por la cabeza”, como le dije la primera vez que me hizo quemar la lengua con un café hirviendo luego de “hacer el amor con una asmática, ¿qué querías? ¡por lo menos un café bien caliente para poner en orden esos pulmones!”

Ahora lo veo dormir cansado al lado de la cafetera, a la que se ha dedicado cada media hora empeñado en tener un café recién hecho siempre listo y a buena temperatura para mí, dentro de poco seguramente sabrá servirme el último y repetiremos el mismo brindis de despedida que hemos recitado estos últimos tres días “Por los minutos que aún nos está regalando de prórroga la vida” porque cumplí con todo lo que quería, porque pude despedirme, porque pude elegir el minuto del último beso de labios morados.

Y en estos últimos momentos de mis aires, sólo sé que no importa si el que algunos llaman Dios, otros Alá y otros ni mencionan, existe o no, lo que importa es creer en algo, como creo en el amor, porque amar es vivir y estoy segura de que siendo así, por mi Mauro y a través de él, siempre viviré.




Para todos aquellos que saben que vivir la vida y disfrutar sus suspiros es mucho, mucho más que temerle a la muerte.

viernes, 29 de mayo de 2009

Manos en el Ajedrez



“La muerte hace ángeles de todos nosotros
y nos da alas donde teníamos hombros
suaves como garras de cuervo”
A feast of friends
Jim Morrison (An american prayer)




I

En su grave rincón, los jugadores

rigen las lentas piezas.

El tablero los demora hasta el alba en su severo

ámbito en que se odian dos colores.


Diez dedos dueños de mis sueños; dos, pulgar e índice, sosteniendo la hojilla homicida... ¿pero a quién engaño?, es suicida... “Otra vez lo olvidé, otra noche sin ver quién soy...” Persianas cerradas, teléfono descolgado, apenas la caliente luz de la hornilla iluminando el paso fugaz del metal brillando azul y el primer corte... ¡Coño! ¿por qué nadie cuenta cómo duele esta mierda?. Azul iluminando negro de mi sangre ¡y yo preocupado por no ensuciar nada! Pero igual mi camisa, la pared, mi rostro, sienten la tibieza de mi sangre salpicada que rápidamente enfría gélida; las venas son demasiado escandalosas pero los psicólogos dicen que los hombres no suelen usar pastillas, si hubiera una próxima vez explotaría más mi lado femenino... si hubiera una próxima vez...



Adentro irradian mágicos rigores

las formas: torre homérica, ligero

caballo, armada reina, rey postrero,

oblicuo alfil y peones agresores.


Nadie puede decir que no busqué, que no me quise aferrar a la mágica línea de un destino con el que soñaba, “pensando en una sola idea me siento un gran punto en la nada”; mi última llamada fue a alguien que nada tiene que ver con mis afectos, simplemente buscando una señal tal vez - “¿me recuerdas?” - “sí, claro, ¡hace tanto tiempo! a ver si un día nos vemos...”- ja, un día, algún día, ¡qué cansado estoy de esperar el algún día de los demás!, qué cansado estoy de simplemente seguir soñando y volando de mentira para ver si me acerco, aunque sea en fantasía, a ese sueño siempre esperado mientras los soldados del mundo se mantienen protegiendo a un rey que no existe y nos abandona, me abandona...


Cuando los jugadores se hayan ido,

cuando el tiempo los haya consumido,

ciertamente no habrá cesado el rito.


En el Oriente se encendió esta guerra

cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.

Como el otro, este juego es infinito.


El segundo corte, no tan profundo, me imbuye de un nuevo tipo de valor que nadie entendería, aún puedo sonreír cínico, ¿soy cobarde por abandonar la vida?, ¿soy fuerte por ser capaz de soportar el dolor de desangrarme lentamente?, “no quiero estar cuando se apague el fuego, no quiero estar seguro, prefiero no estar... no quiero estar donde no sopla el viento, prefiero estar sediento, prefiero estar desnudo”, bah, estoy a destiempo para filosofar, quiero simplemente esperar ese bendito momento que todos repiten, ése en el que supuestamente nuestra vida nos pasa entera frente a nuestros ojos, pero no llega y no quiero aterrarme ahora, mi mayor miedo siempre fue dejar cosas incompletas y nunca pensé que lo más incompleto que puedo dejar al morir es mi vida, ¿cuántos más abandonados repetirán éste mi ritual de despedida?...


II

Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada

reina, torre directa y peón ladino

sobre lo negro y blanco del camino

buscan y libran su batalla armada.


No hubo claridades que me iluminaran ni oscuros caminos que me cobijaran, sólo fui espectador de una lucha que no era mía y poco a poco me convertí en un peón de mis errores, entre blancos volando sin alas y entre negros huecos de inodoros vomitando mi vida una y otra vez, peleando de mentira, consumiendo historias ajenas para ver si así construía la mía “ninguna idea, otra noche más anestesiando mis sueños”; hoy intento simplemente sacar de mis venas no sólo mis vicios sino mi destino, esa maldición que parece estarme asignada sin pagarlo ni pedirlo. Es mentira que uno se lamenta cuando lo decide, uno realmente descansa, como si se quitara un peso de encima, “ya basta” se convierte en plegaria y religión y la hojilla cortante en absolución; no me lamento y no me arrepiento y por fortuna sé que no me queda mucho tiempo más para arrepentirme. El vaso vacío de un tequila consumido me observa desde la mesa y un infantil y crudo “Principito” de parafina me sonríe burlón a su lado viendo con ojos huecos las migas de pan que no limpié de mi “Última Cena”, la de un humano y no la de un mito, pan y tequila, sin apóstoles adoradores ni seguidores tontos de la gran mentira... nos abandona, me abandona, no existes, nada existe, ni yo...


No saben que la mano señalada

del jugador gobierna su destino,

no saben que un rigor adamantino

sujeta su albedrío y su jornada.


Por una vez al perder mis fuerzas y mi albedrío finalmente me siento dueño y Dios de mí mismo y mi dedo medio se yergue ante la nada que me rodea mientras aquí, recostado irreverente contra una pared que desdibuja un blanco y un celeste, me río de todos y del destino; nadie ve mis lágrimas, ni yo mismo, y también de ellas me río; no sé de la sangre que me encharca el cuerpo, no sé del olor a gas que desprende mi cocina encendida, no sé del color particular de la luna esta noche, no sé de nada, sólo de muerte, y aún así me río de los mitos, no veo túneles luminosos ni manos esperándome al final, tampoco un foso de ardientes brillos naranjas se abren a mis pies, ni siquiera he recordado un maldito día de mi niñez, ni mi adolescencia y mucho menos de mi adultez, estaba demasiado distraído entre “icos” e “ínas” para tan sólo poder registrarla en un coherente relato de mí mismo, “no vi, lo sé, y desde lo más alto caí, me dejé llevar, sin pensar...”; sólo veo un cuadro de un terrible Chagall, matices expresionistas que alteran los sentidos coloreando dos enamorados recién casados burlándose de mí bajo la Torre Eiffel y un cabrito en un cielo imposible tocando el violín de mi última melodía “Mi realidad mi fantasía, bromeando gran parte del día...”; ni siquiera estoy cansado ya, tampoco floto, tampoco me desgarro en dolor, simplemente no hay nada, nada...


También el jugador es prisionero

(la sentencia es de Omar) de otro tablero

de negras noches y blancos días.


Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.

¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza

de polvo y tiempo y sueño y agonías?*


Me rehúso a creer que la luz que un día soñé eran esos dos, cuatro, ¿seis? Focos blancos y brillantes sobre mí, no eran esas blancas paredes las que esperaba en el “después”, tampoco algodón raspando mi nuca y mi espalda, ni una almohada ridículamente plana que apenas puede separar mi cabeza de una solitaria cama; ni los ángeles tenían estetoscopios en la mentira que nos cuentan, tampoco había un bip atronador en mi oído izquierdo entonado rítmicamente con un corazón que apenas está mal latiendo, ni siquiera esperaba que mis neuronas incluso funcionaran preguntándose a sí mismas “¿qué pasa?” o asimilando las noticias en la respuesta “aún estás vivo”, ni más tiempo para filosofar y darme cuenta de que aún me cuentan los minutos para un arrepentimiento. Hoy sólo sé que aún camino, con descendencia de menos, con pasado de más y con la sonrisa intacta; todavía mi dedo medio se levanta ante la nada cuando veo el color particular de la luna de mis nuevas noches “La luna anuncia cuál será la ruta final” y la sangre ya no se derrama sino que marca burlona las heridas que una vez ocasioné donde cada día aún me corre el pulso, mientras me baño de nuevo de inciertos y luchas y sigo de frente con mis sentencias de peones, alfiles, torres, caballos, reinas y reyes no agotados, resucitando siempre, volviendo siempre a un sueño, este sueño...


“Nos hemos ensamblado dentro de este antiguo e insano teatro para propagar nuestro deseo de vivir y escapar de la hormigueante sabiduría de las calles.”
An American Prayer
Jim Morrison (An American Prayer)


* Poema “Ajedrez” de Jorge Luis Borges


Para ti que no sólo lo hiciste posible sino que no abandonaste tus certezas y te diste la oportunidad de volver y continuar con el sueño ...

23 de diciembre de 2005.

De la gota de sangre: Amén



“Yo no sé ni quiero
de las razones que dan derecho a matar,
pero deben serlo
porque el que muere
no vive más…” (Otro muerto. Mecano)


La gota de sangre viajaba desde su frente, recorría por su izquierda el pequeño y gracioso lazo de la nariz minúscula de la mujer, pasaba por la pequeña hendidura sobre su boca y se perdía bordeando el labio superior mientras nos contaba en segundos la historia de tu terrible nacimiento.

No era más que un cúmulo de glóbulos rojos y blancos cansados de recorrer mil, millones, trillones de veces el cuerpo hace poco declarado mortalmente enfermo de una mujer sola, abandonada de risa, asesinada de tragedia.

Dos años acumulando tristeza, rabia, impotencia y soledad; dos años rumiando todo lo que logró que comenzara a carcomerse a sí misma; sangre pudriéndose de su sangre, sangre cansada de recordarse derramando desde otra carne, sangre infernal que hacía latir un corazón muerto que no quería vivir más, sangre llenando de odio, sangre encegueciendo curas.

Esa pequeña gota conseguía recorrer las venas apuñalando la voluntad de su dueña, iba arriba y abajo histérica, hirviendo, molesta, incómoda de seguir adentro y con sed, ganas de ver otra sangre que no fuera a sí misma, de ver otro rojo que no le doliera. Así acuchilló fuerte hasta llegar a las neuronas, a la corteza cerebral, al espíritu, al alma amargada de aquella mujer que salió rabiosa y armada.

Primero latió fuerte hasta llegar al dedo que pulsó el timbre, luego corrió directo a la otra mano que disparó la primer bala ¡pum! Directo a la frente… se fue a la boca a dibujar una sonrisa mientras ayudaba a los ojos a contemplar la sorpresa de aquella víctima, su mirada fija cayendo con el hombre que ya no se sabía si realmente la veía. Viajó al pulmón y ayudó a sacar una carcajada satisfecha frente al cuerpo yaciente.

La mujer respiró y pareció arrepentirse pero la gota estaba decidida y dominaba fuerte. Se fue entonces a mover las piernas, acompañada ahora de todas sus colegas, otras gotas cómplices que la ayudarían a liberarse feliz como tanto ansiaba desde casi siempre. Así la fuerza de su sed aumentaba y sometía; obligó a la mujer a regresar sobre sus pasos. Ahora iría a la farmacia.

Ahí tampoco encontraría el remedio que la curara, lo sabía, pero sabía también que sí encontraría la calma para ese ardor que la atormentaba; dos años, dos millones de años, dos trillones de malditos minutos enumerados uno por uno para recordar que no podía detenerse, que no podía dejar de correr, que si desistía, antes de morir, no conseguiría descanso suficiente.

Frente a ella, ya aterrada, delante de un mostrador, otra mujer rogaba “¿qué haces? ¿qué te pasa? ¡no lo hagas!” ¡pum! Éste ya fue directo a la garganta, ¡qué placer de la gota de sangre al ver el riego de toda aquella otra derramada! La mujer ya ni siquiera lloraba pendiente del último esfuerzo para respirar aire sin líquido rojo atravesado en la quijada; la segunda víctima sabía, entendía, que ya no servía de nada, pobre, apenas le daba la razón exacta para preguntarse, frente a esa sonriente otra mirada, “¿yo qué hice? No debía ser yo el objetivo de…” ni un tiempo más, a ésa los segundos ya se le acababan.

El estómago casi traiciona a la gota de sangre y sus compañeras aceleradas, una arcada de vómito, de asco, de más rabia y nuestra asesina mujer cayendo de rodillas casi vencida, igual de desesperada; sus manos se empapan del otro inmundo cúmulo de glóbulos ajenos, progenitores del peor monstruo que jamás podría haber visto luz en la tierra. Rabia. Impotencia. Desesperación. Desconsuelo. ¡No! La mujer no quiere bañarse de traición acariciando esa sangre por ella derramada, su propia gota reacciona otra vez histérica, otra vez hirviendo, corren los últimos minutos de su tiempo.

Pero es necesario que impere de nuevo la calma, falta una, falta ésa, la más desalmada, la degenerada, la desnaturalizada… La gota no olvida, no perdona, no abandona su jornada. Los pasos se aceleran, no importa la ropa ensangrentada, no importan todas esas miradas, nadie la detiene, nadie sería capaz de importunarla. Esta vez ni siquiera esperó que la víctima la mirara, la encontró caminando con su perro, ahí, frente a la plaza de su casa y por la espalda tres tiros significaban un “Te odio desgraciada” y corramos a terminar nuestra venganza.

Al día siguiente una pequeña nota en la página de sucesos:


Una mujer se suicida tras matar a tres personas
Diagnosticada con leucemia, quiso vengar el asesinato de su hijo

Enferma de cáncer en la sangre y cuando se cumplía el segundo aniversario del asesinato de su hijo, Ángel, Amanda Vital se convirtió en implacable “justiciera” asesinando a tres personas. Esta ama de casa de 42 años mató la pasada noche al padre del asesino de su hijo, a su esposa y a la juez de la causa, quien habría dictado libertad condicional para el homicida de Ángel. Finalmente se suicidó sobre su tumba con un tiro en la frente.

Vital nunca pudo superar la muerte de Ángel, asesinado a puñaladas a los 14 años. Aunado a su tragedia, le habían diagnosticado leucemia avanzada y se había enterado de que la jueza de la causa había dictado libertad condicional para Pedro Moral, de 22 años, asesino de su hijo.

A las 19 horas comenzó la carrera de venganza por su ciudad natal matando en la puerta de su casa a Pedro Moral padre. Le disparó directo a la frente causando su muerte inmediata.

El segundo asesinato se llevó a cabo en la Farmacia donde trabajaba Felicia Moral, madre de quien le había quitado la vida a su hijo. La encontró frente al mostrador y le propinó un disparo en la garganta vomitando luego sobre la mujer muerta. Testigos dicen haberla visto salir ensangrentada y con la mirada ausente del lugar. “Parecía una loca poseída”, dijo un lugareño.

No satisfecha con el doble asesinato, Amanda, se dirigió a la casa de la jueza de la causa del crimen de su hijo, Irene Marte, a quien le disparó por la espalda tres balazos en la plaza de su barrio privado. Marte agonizó varias horas hasta que finalmente fue declarada muerta paradójicamente a la misma hora de su asesina.

Amanda Vital terminó su infierno sobre el sepulcro de su hijo disparándose en la frente a las 22.40 muriendo en el acto.

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La gota de sangre finalmente vio la luz de la represalia recorriendo el rostro de la mujer y cayendo en la tierra yerma y sin flores del sepulcro de su hijo… segundos tardó la visión de la libertad soñada, simplemente lo que demoró en recorrer, mezclada con lágrimas, la faz de la derrotada mujer caída en una tumba sobre tumba; en este instante la autora intelectual de la venganza yace seca, coagulada y para siempre anónima en esa árida morada.

...Huele a sexo...



Se encuentran en el pasillo, tropiezan. Ella lo mira, se embarga de su estampa. Él la observa, explota la imagen de su cuerpo en la mirada.

... huele a sexo...

Eje de miradas marcando el centro y ellos girando en opuesta dirección. Toro y matador, banderillas en mano. Observándose, midiéndose.

... huele a sexo...

Los contrincantes se tocan, electricidad en las yemas, atracción instantánea. Círculo ahora punto, y ellos, se besan.

... huele a sexo...

Cornadas de lenguas, espadas las manos clavadas en espaldas sedientas. Ataque fulminante, entrepiernas despiertas.

... huele a sexo...

Punto ahora línea estampada en pared, sus cuerpos se aprietan. Manos mojándose en femenino jugo; dureza palpitante en los roces de ella.

... huele a sexo...

Se abren los espacios, él en sus adentros. Pieles fundidas, húmedos roces, se parten distancias. Embisten sedientos, el tiempo se rompe.

... huele a sexo...

Estallan las lenguas, estallan los sexos. Tiembla el espacio, se derrama el tiempo. Ella es su estampa, él es su deseo.

... huele a sexo...

Regresa la imagen, el punto, el círculo, el eje y el pasillo. Ella en él, él en ella, se llevan el momento, se abre la distancia, se miran las espaldas y caminan.

... y en el ambiente dejan el aroma, el olor del último instante y huele, huele a sexo...

La Sombra



Todo está en penumbras. En el fondo de tu habitación cobra vida una sombra que sale desde un rincón y se acerca lentamente... la sombra te observa, vela tu sueño por unos instantes, impaciente.

Acerca la silueta oscura que se dibuja de su nariz y te respira, roba tu aliento; súcubo succionando la forma que de tu alma exhalas en tu tranquilo sueño; seguro, abandonado e indefenso.

La sombra roza con su oscura mano tus mejillas; sientes la caricia, suave, tibia. Quieres abrir los ojos, pero velozmente otra mano vela tu intento, conminándote a sentir sin ver su fantástico cuerpo convertido en deseo negro.

La sombra te susurra, “Estoy aquí, finalmente a la vera de tu lecho” y te abandonas a sus palabras, porque la conoces, porque la esperabas en las penumbras de tus infinitas madrugadas.

Su etéreo ser se posa sobre ti y escuchas, lejano, su suspiro anhelante, como eco de las sensaciones mil veces evocadas; suspiras también al sentir sus caricias en tu pecho, mariposas negras revoloteando en tus pectorales, entusiasmadas.

Las mariposas descienden y se convierten en garfios que te van desnudando. La sombra te observa, “Que hermoso eres”, repite en cantinela. Palpa con sus dedos tus piernas, casi no puedes sentirlo y pronto llega la manga de su capa negra, donde le ha indicado el deseo.

Posee firme tu sexo, palanca que hala su boca sedienta hacia ti, y sientes su saliva, su lengua, su cálido aliento, abarcarte entero desde tu centro. Dueña de ti es la sombra ahora, lamiendo y chupando, te tiene a merced de sus labios.

Quieres moverte pero la incorpórea ama no te lo permite, “Déjame a mí, simplemente déjame a mí”, repite suave pero firmemente, y sube en ti abrazándote con sus piernas. Sientes finalmente su beso y tus ansias responden con tu lengua dentro de ella.

Finalmente sientes su sexo, dejándose abrir en herida por tu hoja afilada; desciende lento, húmedo, caliente, palpitante y vivo, vivo en ti; hecho ser palpable sólo por tu ilusión anhelada.

Prominente la abarcas completa y te hierven las venas de sentirla así, poseída y también esclava; sombra siempre esquiva que ahora te entrega, dentro de su entrepierna, su última morada.

Un susurro escuchas, bajito en tu oreja,“Hazlo, termina de invadir mi cuerpo como ya me invades el alma” y entiendes clara su orden convertida en ruego, mientras sus movimientos aceleran su cabalgata, persuadiendo tu control a punta de deseos que se impulsan en escalada.

Estallas en ella y lágrimas derramadas se yerguen en promesa. La voz oscura jadea un quejido amargo y una risa satisfecha y, luego de besarte con ansias de hambres continuas, repite por lo bajo y quebrada “Estoy aquí, siempre aquí, nunca ceses en tu espera”.