viernes, 29 de mayo de 2009
Extranjera
Suena el reloj y comienzo a abrir mis ojos, es apenas un intento, un asomo de voluntad y miedo…
Pero sus voces me dan la calma, están a mi lado, me acompañan como siempre y nada de lo que soñé realmente ha pasado, la casa huele a tostadas recién hechas, dulce de guayaba y cafecito recién colado… mmmm aspiro y me siento como el gato de los dibujos animados, levantado por el aire apenas siguiendo la estela del olor a comida. Estoy sentada frente a ellos y les cuento el terrible sueño que tuve anoche.
Había partido lejos, con una maleta apenas que en nada contenía ni mi ropa completa, ni todos mis libros, ni mis fotos, ni mi historia… sin destino cierto me iba a buscar un rumbo que no entendía donde estaba, pero parecía estar a la distancia y, sin pensar, tomaba lo poco que me dejaba el fantasma del sobrepeso aéreo, el pasaje y a volar. No miraba hacia atrás, el valor no me daba para enfrentarme a sus caras de tristeza ni la fuerza para tener la poca compasión de disimularle mis lágrimas.
Todo esto se los cuento con un nudo en la garganta, como gran narradora que soy, sintiendo profundamente lo que digo, pero nada me evita tragar el pan recién mojado en el café con leche, que, primero muerta que sencilla, nadie puede despreciar ese rico desayuno familiar de todos los días y tampoco es para tanto, al fin de cuentas es apenas un sueño feo; pero la cosa no quedaba ahí.
Además soñaba que me entregaba a todos mis vicios, los peores, que nunca fueron los evidentes de drogas, alcohol o ludopatía demasiado publicitados para mí, eran otros, flojera, desidia, depresión por deporte y esas cosas, suficientemente aburrida y “original” como para ni siquiera caer en algo que me produjera reales problemas. Tenía una imagen tan terrible de mí misma en ese sueño que me causaba vergüenza y desconsuelo porque ¿y al final? ¿Para qué tanta cosa de aguantar llorar en el aeropuerto? ¿para qué dejarlos si iba a terminar en nada?
Mi mamá asiente, no se puede estar otra cosa que de acuerdo conmigo, como siempre, no solamente soy buena narradora sino excelente argumentando, mi papá se ríe un tanto incrédulo, su hija perfecta jamás sería tan gris, para él no es más que exageración mía; al final nos reímos y levantamos la mesa, es hora de que cada quien se vaya a trabajar, bueno, ellos a trabajar, yo a estudiar, mi futuro es prometedor en la carrera que escogí con las habilidades que tengo para la fabulación… apenas tengo 20 años…
¿20 años? Termino de abrir los ojos. El reloj sigue sonando desesperado, marca las 7 en punto de otro país y 29 años en mi cuerpo, ellos seguro aún duermen. Dejo a mis pupilas clavarse en esta ventana de marcos diferentes, a mis oídos escuchar las noticias de otro lugar, mi nariz condenada a no sentir olor a cafecito recién colado sino este extraño olor de las casas “de fuera” y mi voz decirle buenos días a mi gata en el acento propio de la extranjera que soy… en fin, a levantarse, el pasado se fue, sólo queda olvidar…
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