viernes, 29 de mayo de 2009
Piel de manzana
“A esa muchacha que fue 'Piel de Manzana'
se le quebró el corazón de porcelana,
se le bebieron de un trago la sonrisa.
La primavera con ella tuvo prisa”
Joan Manuel Serrat
Ahí estaba ella, quitándose el maquillaje y la juventud al mismo tiempo frente al espejo. La sombra negra alrededor de sus ojos daba la impresión de mil años llorados, de mil historias fracasadas, de mil soledades... ¡pero eran tan pocos los años para sus deseos nunca marchitos!.
Se encontraba frente al espejo intentando reconocer, entre las arrugas y la oscuridad de su cuarto, a aquella muchacha que seguía revoloteando en sus recuerdos y su pecho, aquella que enloquecía a los muchachos del barrio, aquella que se dejó morder todas las veces. ¡Y allí estaba!, ¡sí, era ella!; bella, lozana, alegre. ¿Nadie la ve?, ¿cómo pueden ser tan ciegos?. Era ella, la bella, la dulce fruta que todos querían comer; su piel seguía siendo lisa y blanca, sus senos redondos y provocativos ¡qué provocativos!. Ella los pellizca y se da cuenta que las hormonas siguen allí también, intactas. Reacciona su entrepierna, aún se humedece y aún la quiere acariciar; sigue suave, sigue lista, sigue ardiente.
El espejo le devuelve la imagen de su viejo recuerdo. “¡Qué viva estás Piel de Manzana!, ¡envidien ciegos! ¡envidien mis manos que ahora son mis dueñas!” susurra, ahogando lágrimas, mientras acaricia sus senos desnudos con una mano y la otra sube y baja suavemente en el sexo sin canas de su recuerdo. Ahí está el placer, ahí sube de nuevo la explosión desde su vientre, ahí el temblor, ahí sus mejillas de nuevo enrojecidas y el recuerdo del primer hombre que le dijo “mírate, tu rostro refleja la piel de una manzana dulce y madura”. ¡Já!, madura. Madura refleja cruel el espejo su imagen ahora, aparecen las canas, las arrugas, el maquillaje escurrido y la soledad del corazón de la manzana, que, luego de expuesto tras cada dentellada hambrienta, queda olvidado en la basura o, ahora, en esa habitación oscura de un pueblo cualquiera olvidado en el tiempo.
5 de mayo de 2005.
Piel de manzana (Poesía)
Maquillaje
y años de más
Un espejo
Recuerdos
Las lágrimas y sus ardores
Evocaciones de primavera…
Imágenes, sonidos
ganas y mentiras
reflejos del alma
piel inflamada
propios dedos en el vientre
y ausencia
Comienza la batalla…
Surgir de la idea,
nada más eterno
y de nuevo ser
maquillaje
y años de menos
(¡Piel de manzana!)
Estertores de la guerra y la vida…
Explota el cuerpo
y el plata refractario
en el sexo y sus canas
la cascada
sonríe el recuerdo
(Aún estoy viva)
Llega el invierno…
Mordida por el tiempo
oprimido corazón
dentelladas de lo ajeno
abrazo solitario
de manos en la espalda
Caen las máscaras del pasado…
Espejo traicionero
belleza de paso
perpetuo deseo
masa de pestañas
gris vuelve la imagen
negra y ya no ciega
(viva, pero abandonada)
De la gota de sangre: Amén
“Yo no sé ni quiero
de las razones que dan derecho a matar,
pero deben serlo
porque el que muere
no vive más…” (Otro muerto. Mecano)
La gota de sangre viajaba desde su frente, recorría por su izquierda el pequeño y gracioso lazo de la nariz minúscula de la mujer, pasaba por la pequeña hendidura sobre su boca y se perdía bordeando el labio superior mientras nos contaba en segundos la historia de tu terrible nacimiento.
No era más que un cúmulo de glóbulos rojos y blancos cansados de recorrer mil, millones, trillones de veces el cuerpo hace poco declarado mortalmente enfermo de una mujer sola, abandonada de risa, asesinada de tragedia.
Dos años acumulando tristeza, rabia, impotencia y soledad; dos años rumiando todo lo que logró que comenzara a carcomerse a sí misma; sangre pudriéndose de su sangre, sangre cansada de recordarse derramando desde otra carne, sangre infernal que hacía latir un corazón muerto que no quería vivir más, sangre llenando de odio, sangre encegueciendo curas.
Esa pequeña gota conseguía recorrer las venas apuñalando la voluntad de su dueña, iba arriba y abajo histérica, hirviendo, molesta, incómoda de seguir adentro y con sed, ganas de ver otra sangre que no fuera a sí misma, de ver otro rojo que no le doliera. Así acuchilló fuerte hasta llegar a las neuronas, a la corteza cerebral, al espíritu, al alma amargada de aquella mujer que salió rabiosa y armada.
Primero latió fuerte hasta llegar al dedo que pulsó el timbre, luego corrió directo a la otra mano que disparó la primer bala ¡pum! Directo a la frente… se fue a la boca a dibujar una sonrisa mientras ayudaba a los ojos a contemplar la sorpresa de aquella víctima, su mirada fija cayendo con el hombre que ya no se sabía si realmente la veía. Viajó al pulmón y ayudó a sacar una carcajada satisfecha frente al cuerpo yaciente.
La mujer respiró y pareció arrepentirse pero la gota estaba decidida y dominaba fuerte. Se fue entonces a mover las piernas, acompañada ahora de todas sus colegas, otras gotas cómplices que la ayudarían a liberarse feliz como tanto ansiaba desde casi siempre. Así la fuerza de su sed aumentaba y sometía; obligó a la mujer a regresar sobre sus pasos. Ahora iría a la farmacia.
Ahí tampoco encontraría el remedio que la curara, lo sabía, pero sabía también que sí encontraría la calma para ese ardor que la atormentaba; dos años, dos millones de años, dos trillones de malditos minutos enumerados uno por uno para recordar que no podía detenerse, que no podía dejar de correr, que si desistía, antes de morir, no conseguiría descanso suficiente.
Frente a ella, ya aterrada, delante de un mostrador, otra mujer rogaba “¿qué haces? ¿qué te pasa? ¡no lo hagas!” ¡pum! Éste ya fue directo a la garganta, ¡qué placer de la gota de sangre al ver el riego de toda aquella otra derramada! La mujer ya ni siquiera lloraba pendiente del último esfuerzo para respirar aire sin líquido rojo atravesado en la quijada; la segunda víctima sabía, entendía, que ya no servía de nada, pobre, apenas le daba la razón exacta para preguntarse, frente a esa sonriente otra mirada, “¿yo qué hice? No debía ser yo el objetivo de…” ni un tiempo más, a ésa los segundos ya se le acababan.
El estómago casi traiciona a la gota de sangre y sus compañeras aceleradas, una arcada de vómito, de asco, de más rabia y nuestra asesina mujer cayendo de rodillas casi vencida, igual de desesperada; sus manos se empapan del otro inmundo cúmulo de glóbulos ajenos, progenitores del peor monstruo que jamás podría haber visto luz en la tierra. Rabia. Impotencia. Desesperación. Desconsuelo. ¡No! La mujer no quiere bañarse de traición acariciando esa sangre por ella derramada, su propia gota reacciona otra vez histérica, otra vez hirviendo, corren los últimos minutos de su tiempo.
Pero es necesario que impere de nuevo la calma, falta una, falta ésa, la más desalmada, la degenerada, la desnaturalizada… La gota no olvida, no perdona, no abandona su jornada. Los pasos se aceleran, no importa la ropa ensangrentada, no importan todas esas miradas, nadie la detiene, nadie sería capaz de importunarla. Esta vez ni siquiera esperó que la víctima la mirara, la encontró caminando con su perro, ahí, frente a la plaza de su casa y por la espalda tres tiros significaban un “Te odio desgraciada” y corramos a terminar nuestra venganza.
Al día siguiente una pequeña nota en la página de sucesos:
Una mujer se suicida tras matar a tres personas
Diagnosticada con leucemia, quiso vengar el asesinato de su hijo
Enferma de cáncer en la sangre y cuando se cumplía el segundo aniversario del asesinato de su hijo, Ángel, Amanda Vital se convirtió en implacable “justiciera” asesinando a tres personas. Esta ama de casa de 42 años mató la pasada noche al padre del asesino de su hijo, a su esposa y a la juez de la causa, quien habría dictado libertad condicional para el homicida de Ángel. Finalmente se suicidó sobre su tumba con un tiro en la frente.
Vital nunca pudo superar la muerte de Ángel, asesinado a puñaladas a los 14 años. Aunado a su tragedia, le habían diagnosticado leucemia avanzada y se había enterado de que la jueza de la causa había dictado libertad condicional para Pedro Moral, de 22 años, asesino de su hijo.
A las 19 horas comenzó la carrera de venganza por su ciudad natal matando en la puerta de su casa a Pedro Moral padre. Le disparó directo a la frente causando su muerte inmediata.
El segundo asesinato se llevó a cabo en la Farmacia donde trabajaba Felicia Moral, madre de quien le había quitado la vida a su hijo. La encontró frente al mostrador y le propinó un disparo en la garganta vomitando luego sobre la mujer muerta. Testigos dicen haberla visto salir ensangrentada y con la mirada ausente del lugar. “Parecía una loca poseída”, dijo un lugareño.
No satisfecha con el doble asesinato, Amanda, se dirigió a la casa de la jueza de la causa del crimen de su hijo, Irene Marte, a quien le disparó por la espalda tres balazos en la plaza de su barrio privado. Marte agonizó varias horas hasta que finalmente fue declarada muerta paradójicamente a la misma hora de su asesina.
Amanda Vital terminó su infierno sobre el sepulcro de su hijo disparándose en la frente a las 22.40 muriendo en el acto.
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de las razones que dan derecho a matar,
pero deben serlo
porque el que muere
no vive más…” (Otro muerto. Mecano)
La gota de sangre viajaba desde su frente, recorría por su izquierda el pequeño y gracioso lazo de la nariz minúscula de la mujer, pasaba por la pequeña hendidura sobre su boca y se perdía bordeando el labio superior mientras nos contaba en segundos la historia de tu terrible nacimiento.
No era más que un cúmulo de glóbulos rojos y blancos cansados de recorrer mil, millones, trillones de veces el cuerpo hace poco declarado mortalmente enfermo de una mujer sola, abandonada de risa, asesinada de tragedia.
Dos años acumulando tristeza, rabia, impotencia y soledad; dos años rumiando todo lo que logró que comenzara a carcomerse a sí misma; sangre pudriéndose de su sangre, sangre cansada de recordarse derramando desde otra carne, sangre infernal que hacía latir un corazón muerto que no quería vivir más, sangre llenando de odio, sangre encegueciendo curas.
Esa pequeña gota conseguía recorrer las venas apuñalando la voluntad de su dueña, iba arriba y abajo histérica, hirviendo, molesta, incómoda de seguir adentro y con sed, ganas de ver otra sangre que no fuera a sí misma, de ver otro rojo que no le doliera. Así acuchilló fuerte hasta llegar a las neuronas, a la corteza cerebral, al espíritu, al alma amargada de aquella mujer que salió rabiosa y armada.
Primero latió fuerte hasta llegar al dedo que pulsó el timbre, luego corrió directo a la otra mano que disparó la primer bala ¡pum! Directo a la frente… se fue a la boca a dibujar una sonrisa mientras ayudaba a los ojos a contemplar la sorpresa de aquella víctima, su mirada fija cayendo con el hombre que ya no se sabía si realmente la veía. Viajó al pulmón y ayudó a sacar una carcajada satisfecha frente al cuerpo yaciente.
La mujer respiró y pareció arrepentirse pero la gota estaba decidida y dominaba fuerte. Se fue entonces a mover las piernas, acompañada ahora de todas sus colegas, otras gotas cómplices que la ayudarían a liberarse feliz como tanto ansiaba desde casi siempre. Así la fuerza de su sed aumentaba y sometía; obligó a la mujer a regresar sobre sus pasos. Ahora iría a la farmacia.
Ahí tampoco encontraría el remedio que la curara, lo sabía, pero sabía también que sí encontraría la calma para ese ardor que la atormentaba; dos años, dos millones de años, dos trillones de malditos minutos enumerados uno por uno para recordar que no podía detenerse, que no podía dejar de correr, que si desistía, antes de morir, no conseguiría descanso suficiente.
Frente a ella, ya aterrada, delante de un mostrador, otra mujer rogaba “¿qué haces? ¿qué te pasa? ¡no lo hagas!” ¡pum! Éste ya fue directo a la garganta, ¡qué placer de la gota de sangre al ver el riego de toda aquella otra derramada! La mujer ya ni siquiera lloraba pendiente del último esfuerzo para respirar aire sin líquido rojo atravesado en la quijada; la segunda víctima sabía, entendía, que ya no servía de nada, pobre, apenas le daba la razón exacta para preguntarse, frente a esa sonriente otra mirada, “¿yo qué hice? No debía ser yo el objetivo de…” ni un tiempo más, a ésa los segundos ya se le acababan.
El estómago casi traiciona a la gota de sangre y sus compañeras aceleradas, una arcada de vómito, de asco, de más rabia y nuestra asesina mujer cayendo de rodillas casi vencida, igual de desesperada; sus manos se empapan del otro inmundo cúmulo de glóbulos ajenos, progenitores del peor monstruo que jamás podría haber visto luz en la tierra. Rabia. Impotencia. Desesperación. Desconsuelo. ¡No! La mujer no quiere bañarse de traición acariciando esa sangre por ella derramada, su propia gota reacciona otra vez histérica, otra vez hirviendo, corren los últimos minutos de su tiempo.
Pero es necesario que impere de nuevo la calma, falta una, falta ésa, la más desalmada, la degenerada, la desnaturalizada… La gota no olvida, no perdona, no abandona su jornada. Los pasos se aceleran, no importa la ropa ensangrentada, no importan todas esas miradas, nadie la detiene, nadie sería capaz de importunarla. Esta vez ni siquiera esperó que la víctima la mirara, la encontró caminando con su perro, ahí, frente a la plaza de su casa y por la espalda tres tiros significaban un “Te odio desgraciada” y corramos a terminar nuestra venganza.
Al día siguiente una pequeña nota en la página de sucesos:
Una mujer se suicida tras matar a tres personas
Diagnosticada con leucemia, quiso vengar el asesinato de su hijo
Enferma de cáncer en la sangre y cuando se cumplía el segundo aniversario del asesinato de su hijo, Ángel, Amanda Vital se convirtió en implacable “justiciera” asesinando a tres personas. Esta ama de casa de 42 años mató la pasada noche al padre del asesino de su hijo, a su esposa y a la juez de la causa, quien habría dictado libertad condicional para el homicida de Ángel. Finalmente se suicidó sobre su tumba con un tiro en la frente.
Vital nunca pudo superar la muerte de Ángel, asesinado a puñaladas a los 14 años. Aunado a su tragedia, le habían diagnosticado leucemia avanzada y se había enterado de que la jueza de la causa había dictado libertad condicional para Pedro Moral, de 22 años, asesino de su hijo.
A las 19 horas comenzó la carrera de venganza por su ciudad natal matando en la puerta de su casa a Pedro Moral padre. Le disparó directo a la frente causando su muerte inmediata.
El segundo asesinato se llevó a cabo en la Farmacia donde trabajaba Felicia Moral, madre de quien le había quitado la vida a su hijo. La encontró frente al mostrador y le propinó un disparo en la garganta vomitando luego sobre la mujer muerta. Testigos dicen haberla visto salir ensangrentada y con la mirada ausente del lugar. “Parecía una loca poseída”, dijo un lugareño.
No satisfecha con el doble asesinato, Amanda, se dirigió a la casa de la jueza de la causa del crimen de su hijo, Irene Marte, a quien le disparó por la espalda tres balazos en la plaza de su barrio privado. Marte agonizó varias horas hasta que finalmente fue declarada muerta paradójicamente a la misma hora de su asesina.
Amanda Vital terminó su infierno sobre el sepulcro de su hijo disparándose en la frente a las 22.40 muriendo en el acto.
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La gota de sangre finalmente vio la luz de la represalia recorriendo el rostro de la mujer y cayendo en la tierra yerma y sin flores del sepulcro de su hijo… segundos tardó la visión de la libertad soñada, simplemente lo que demoró en recorrer, mezclada con lágrimas, la faz de la derrotada mujer caída en una tumba sobre tumba; en este instante la autora intelectual de la venganza yace seca, coagulada y para siempre anónima en esa árida morada.
...Huele a sexo...
Se encuentran en el pasillo, tropiezan. Ella lo mira, se embarga de su estampa. Él la observa, explota la imagen de su cuerpo en la mirada.
... huele a sexo...
Eje de miradas marcando el centro y ellos girando en opuesta dirección. Toro y matador, banderillas en mano. Observándose, midiéndose.
... huele a sexo...
Los contrincantes se tocan, electricidad en las yemas, atracción instantánea. Círculo ahora punto, y ellos, se besan.
... huele a sexo...
Cornadas de lenguas, espadas las manos clavadas en espaldas sedientas. Ataque fulminante, entrepiernas despiertas.
... huele a sexo...
Punto ahora línea estampada en pared, sus cuerpos se aprietan. Manos mojándose en femenino jugo; dureza palpitante en los roces de ella.
... huele a sexo...
Se abren los espacios, él en sus adentros. Pieles fundidas, húmedos roces, se parten distancias. Embisten sedientos, el tiempo se rompe.
... huele a sexo...
Estallan las lenguas, estallan los sexos. Tiembla el espacio, se derrama el tiempo. Ella es su estampa, él es su deseo.
... huele a sexo...
Regresa la imagen, el punto, el círculo, el eje y el pasillo. Ella en él, él en ella, se llevan el momento, se abre la distancia, se miran las espaldas y caminan.
... y en el ambiente dejan el aroma, el olor del último instante y huele, huele a sexo...
La Sombra
Todo está en penumbras. En el fondo de tu habitación cobra vida una sombra que sale desde un rincón y se acerca lentamente... la sombra te observa, vela tu sueño por unos instantes, impaciente.
Acerca la silueta oscura que se dibuja de su nariz y te respira, roba tu aliento; súcubo succionando la forma que de tu alma exhalas en tu tranquilo sueño; seguro, abandonado e indefenso.
La sombra roza con su oscura mano tus mejillas; sientes la caricia, suave, tibia. Quieres abrir los ojos, pero velozmente otra mano vela tu intento, conminándote a sentir sin ver su fantástico cuerpo convertido en deseo negro.
La sombra te susurra, “Estoy aquí, finalmente a la vera de tu lecho” y te abandonas a sus palabras, porque la conoces, porque la esperabas en las penumbras de tus infinitas madrugadas.
Su etéreo ser se posa sobre ti y escuchas, lejano, su suspiro anhelante, como eco de las sensaciones mil veces evocadas; suspiras también al sentir sus caricias en tu pecho, mariposas negras revoloteando en tus pectorales, entusiasmadas.
Las mariposas descienden y se convierten en garfios que te van desnudando. La sombra te observa, “Que hermoso eres”, repite en cantinela. Palpa con sus dedos tus piernas, casi no puedes sentirlo y pronto llega la manga de su capa negra, donde le ha indicado el deseo.
Posee firme tu sexo, palanca que hala su boca sedienta hacia ti, y sientes su saliva, su lengua, su cálido aliento, abarcarte entero desde tu centro. Dueña de ti es la sombra ahora, lamiendo y chupando, te tiene a merced de sus labios.
Quieres moverte pero la incorpórea ama no te lo permite, “Déjame a mí, simplemente déjame a mí”, repite suave pero firmemente, y sube en ti abrazándote con sus piernas. Sientes finalmente su beso y tus ansias responden con tu lengua dentro de ella.
Finalmente sientes su sexo, dejándose abrir en herida por tu hoja afilada; desciende lento, húmedo, caliente, palpitante y vivo, vivo en ti; hecho ser palpable sólo por tu ilusión anhelada.
Prominente la abarcas completa y te hierven las venas de sentirla así, poseída y también esclava; sombra siempre esquiva que ahora te entrega, dentro de su entrepierna, su última morada.
Un susurro escuchas, bajito en tu oreja,“Hazlo, termina de invadir mi cuerpo como ya me invades el alma” y entiendes clara su orden convertida en ruego, mientras sus movimientos aceleran su cabalgata, persuadiendo tu control a punta de deseos que se impulsan en escalada.
Estallas en ella y lágrimas derramadas se yerguen en promesa. La voz oscura jadea un quejido amargo y una risa satisfecha y, luego de besarte con ansias de hambres continuas, repite por lo bajo y quebrada “Estoy aquí, siempre aquí, nunca ceses en tu espera”.
Extranjera
Suena el reloj y comienzo a abrir mis ojos, es apenas un intento, un asomo de voluntad y miedo…
Pero sus voces me dan la calma, están a mi lado, me acompañan como siempre y nada de lo que soñé realmente ha pasado, la casa huele a tostadas recién hechas, dulce de guayaba y cafecito recién colado… mmmm aspiro y me siento como el gato de los dibujos animados, levantado por el aire apenas siguiendo la estela del olor a comida. Estoy sentada frente a ellos y les cuento el terrible sueño que tuve anoche.
Había partido lejos, con una maleta apenas que en nada contenía ni mi ropa completa, ni todos mis libros, ni mis fotos, ni mi historia… sin destino cierto me iba a buscar un rumbo que no entendía donde estaba, pero parecía estar a la distancia y, sin pensar, tomaba lo poco que me dejaba el fantasma del sobrepeso aéreo, el pasaje y a volar. No miraba hacia atrás, el valor no me daba para enfrentarme a sus caras de tristeza ni la fuerza para tener la poca compasión de disimularle mis lágrimas.
Todo esto se los cuento con un nudo en la garganta, como gran narradora que soy, sintiendo profundamente lo que digo, pero nada me evita tragar el pan recién mojado en el café con leche, que, primero muerta que sencilla, nadie puede despreciar ese rico desayuno familiar de todos los días y tampoco es para tanto, al fin de cuentas es apenas un sueño feo; pero la cosa no quedaba ahí.
Además soñaba que me entregaba a todos mis vicios, los peores, que nunca fueron los evidentes de drogas, alcohol o ludopatía demasiado publicitados para mí, eran otros, flojera, desidia, depresión por deporte y esas cosas, suficientemente aburrida y “original” como para ni siquiera caer en algo que me produjera reales problemas. Tenía una imagen tan terrible de mí misma en ese sueño que me causaba vergüenza y desconsuelo porque ¿y al final? ¿Para qué tanta cosa de aguantar llorar en el aeropuerto? ¿para qué dejarlos si iba a terminar en nada?
Mi mamá asiente, no se puede estar otra cosa que de acuerdo conmigo, como siempre, no solamente soy buena narradora sino excelente argumentando, mi papá se ríe un tanto incrédulo, su hija perfecta jamás sería tan gris, para él no es más que exageración mía; al final nos reímos y levantamos la mesa, es hora de que cada quien se vaya a trabajar, bueno, ellos a trabajar, yo a estudiar, mi futuro es prometedor en la carrera que escogí con las habilidades que tengo para la fabulación… apenas tengo 20 años…
¿20 años? Termino de abrir los ojos. El reloj sigue sonando desesperado, marca las 7 en punto de otro país y 29 años en mi cuerpo, ellos seguro aún duermen. Dejo a mis pupilas clavarse en esta ventana de marcos diferentes, a mis oídos escuchar las noticias de otro lugar, mi nariz condenada a no sentir olor a cafecito recién colado sino este extraño olor de las casas “de fuera” y mi voz decirle buenos días a mi gata en el acento propio de la extranjera que soy… en fin, a levantarse, el pasado se fue, sólo queda olvidar…
No patria

No patria
No idioma
No hermano
No compatriota
Ni aquí
Ni allá
Extranjera
Extraña
Rara
Foránea
En este diccionario
Y en el tuyo
Dividida
Presa
Libre
Despedida
Sin estaciones
Y con todas ellas
Sin juramento
Sin himno
Sin tiempo
Sin documento
Casi muriendo por dentro
Desapareciendo de lo amado
Pequeña
Morena
Híbrida
Sureña
Pero de un norte incompleto
Llorando todo lo que jamás había llorado
No idioma
No hermano
No compatriota
Ni aquí
Ni allá
Extranjera
Extraña
Rara
Foránea
En este diccionario
Y en el tuyo
Dividida
Presa
Libre
Despedida
Sin estaciones
Y con todas ellas
Sin juramento
Sin himno
Sin tiempo
Sin documento
Casi muriendo por dentro
Desapareciendo de lo amado
Pequeña
Morena
Híbrida
Sureña
Pero de un norte incompleto
Llorando todo lo que jamás había llorado
Mi primera vez
Nunca me había atrevido a hacerlo, siempre me cruzaba por la cabeza pero jamás me atrevía, sabía que haría falta mucho coraje, tal vez mucha concentración de mi parte, mucho compromiso y conseguir, sobre todo, mantener mis manos calmas, quietas, ajenas a la excitación terrible del momento.
Ahora justamente me apronto a hacer lo que jamás imaginaba que haría, enfrentando todo contratiempo mental, todo freno corporal, todo desajuste espiritual para poder lograr aunque sea un traguito de eso que tanto ansiaba realizar y tan terriblemente nunca podía….
Me sudan las manos, aunque el frío del aire acondicionado mantenga esta situación bastante controlada, la verdad, pero no puedo evitar el persistente temblor en mis piernas y el corazón acelerado; tampoco el tartamudeo del que soy víctima en este lugar y la falta de aire, pero tengo que hacerlo, tengo que lograrlo…. Nada me va a detener ahora….
La excitación me embarga a tal punto que no sé describir exactamente lo que siento, si júbilo o quebranto, si rabia o un estado de alerta que detesto, sí, lo que más odio tal vez es el estado de alerta constante, durante las horas que estoy aquí, el sobresalto en el estómago, el oírlo todo por miedo a cualquier mínimo cambio, la sensación de montaña rusa que no sabes cuándo diantres va a bajar en esa terrible caída libre masoquista.
Y quién diría que me atrevería tan sólo a pararme en este estado, a verle las caras a los que me rodean como si no estuviera pasando nada, y concentrarme en escribir algo con las manos tan temblorosas y la entrepierna tan contraída, que está contraída y mucho, sintiendo los cosquilleos del sube y baja al que estoy sometiendo a todo mi cuerpo empecinada en que sí, en que un día lo lograré….
Pero lo importante es que esta va a ser mi primera vez, esta ES mi primera vez y no, no tengo mucho más que contar. Simplemente es la primera vez que me atrevo a escribir algo desde un puto avión, siendo diagnosticada del muy moderno término de “panic atack” y teniendo las neuronas todas en guerra contra mi inteligencia y mi razón mientras tiemblo incontrolablemente y cada palabra me cuesta cuarenta tecleos y 60 respiraciones profundas a ver si controlo mi corazón disparado…. Es la primera vez que a punto de un ataque me atrevo siquiera a escribir…
Ahora justamente me apronto a hacer lo que jamás imaginaba que haría, enfrentando todo contratiempo mental, todo freno corporal, todo desajuste espiritual para poder lograr aunque sea un traguito de eso que tanto ansiaba realizar y tan terriblemente nunca podía….
Me sudan las manos, aunque el frío del aire acondicionado mantenga esta situación bastante controlada, la verdad, pero no puedo evitar el persistente temblor en mis piernas y el corazón acelerado; tampoco el tartamudeo del que soy víctima en este lugar y la falta de aire, pero tengo que hacerlo, tengo que lograrlo…. Nada me va a detener ahora….
La excitación me embarga a tal punto que no sé describir exactamente lo que siento, si júbilo o quebranto, si rabia o un estado de alerta que detesto, sí, lo que más odio tal vez es el estado de alerta constante, durante las horas que estoy aquí, el sobresalto en el estómago, el oírlo todo por miedo a cualquier mínimo cambio, la sensación de montaña rusa que no sabes cuándo diantres va a bajar en esa terrible caída libre masoquista.
Y quién diría que me atrevería tan sólo a pararme en este estado, a verle las caras a los que me rodean como si no estuviera pasando nada, y concentrarme en escribir algo con las manos tan temblorosas y la entrepierna tan contraída, que está contraída y mucho, sintiendo los cosquilleos del sube y baja al que estoy sometiendo a todo mi cuerpo empecinada en que sí, en que un día lo lograré….
Pero lo importante es que esta va a ser mi primera vez, esta ES mi primera vez y no, no tengo mucho más que contar. Simplemente es la primera vez que me atrevo a escribir algo desde un puto avión, siendo diagnosticada del muy moderno término de “panic atack” y teniendo las neuronas todas en guerra contra mi inteligencia y mi razón mientras tiemblo incontrolablemente y cada palabra me cuesta cuarenta tecleos y 60 respiraciones profundas a ver si controlo mi corazón disparado…. Es la primera vez que a punto de un ataque me atrevo siquiera a escribir…
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Reflexiones de miedos indómitos
La música del dolor
Hacía fríos, dos fríos, el de la noche despejada al lado de un lago inmenso y el mío, el de mi boca nunca calentada por otra boca, el de mis carnes ajadas, el de mis ojos perdidos en el suelo de vergüenza, esa vergüenza que siente la mujer que nunca se ha dejado tocar y que patéticamente lo ha deseado mil veces y lo ha soñado otras mil veces más para después seguir gastando las cuentas de mi rosario de tanto pedir perdón.
Buscando el calor, escapé de mí y me vi parada al otro extremo del jardín donde se celebraba el baile, vestida de blanco floreado, con el cabello atado en dos colitas infantiles, joven, diáfana, hermosa, inocente y feliz; vi las flores que crecían justo frente a mí y vi mi alma pura, mi mente sin picardías por no tener miedo de tenerlas, soñando con mi amplio futuro, con ese hombre alto, de mirada penetrante que algún día llegaría para mirar fijamente mi boca, mientras yo, ahora vestida de rojo, con mi cabello libre para ser acariciado, y mi boca ligeramente abierta, esperaría que me besara mientras apretaba mi mano y giraba conmigo, solos nosotros dos en el medio del amplio jardín y de danzantes de rostros con facciones desdibujadas gracias a su ínfima importancia, otra vez me vi feliz y sin temor a las envidias provocadas, a mi propia envidia de mí misma en mis sueños.
Pero de tanto pensarla la vi, al borde del lago, al final de un particular claro de luna, un claro de luna nunca sublime, de líneas rectas que no permitieran el pecado, era mi claro de luna y la máscara que estaba al final, tirada en el piso, de ojos incendiados de odio, con colmillos horribles ávidos de succionar la felicidad de los demás, de mí misma siendo inocente y siendo amante, era la envida, esa maldita envidia de ser lo que nunca pude ser porque no podía traicionar a mi Dios, ese Dios que castigó a mi padre con la muerte y me hizo verlo sufrir con esa terrible enfermedad después de haberme violado cuando apenas empezaba a ser una mujer, crecer era mi pecado y a ese Dios le debía mi vida y a él siempre dirigí mis rezos para que purificara mi alma, y me hiciera doler menos el cuerpo, pero ahora, después que la muerte ya calmara los embates de la enfermedad, ahora después de muerta, no me acogió en su seno, morí siendo demasiado mujer y tal vez por eso me dejó parada acá, en el otro extremo del baile, vestida de negro, con las manos grises, llena de rabia, con las carnes ajadas y con frío, mucho frío.
27 de mayo de 2002.
Buscando el calor, escapé de mí y me vi parada al otro extremo del jardín donde se celebraba el baile, vestida de blanco floreado, con el cabello atado en dos colitas infantiles, joven, diáfana, hermosa, inocente y feliz; vi las flores que crecían justo frente a mí y vi mi alma pura, mi mente sin picardías por no tener miedo de tenerlas, soñando con mi amplio futuro, con ese hombre alto, de mirada penetrante que algún día llegaría para mirar fijamente mi boca, mientras yo, ahora vestida de rojo, con mi cabello libre para ser acariciado, y mi boca ligeramente abierta, esperaría que me besara mientras apretaba mi mano y giraba conmigo, solos nosotros dos en el medio del amplio jardín y de danzantes de rostros con facciones desdibujadas gracias a su ínfima importancia, otra vez me vi feliz y sin temor a las envidias provocadas, a mi propia envidia de mí misma en mis sueños.
Pero de tanto pensarla la vi, al borde del lago, al final de un particular claro de luna, un claro de luna nunca sublime, de líneas rectas que no permitieran el pecado, era mi claro de luna y la máscara que estaba al final, tirada en el piso, de ojos incendiados de odio, con colmillos horribles ávidos de succionar la felicidad de los demás, de mí misma siendo inocente y siendo amante, era la envida, esa maldita envidia de ser lo que nunca pude ser porque no podía traicionar a mi Dios, ese Dios que castigó a mi padre con la muerte y me hizo verlo sufrir con esa terrible enfermedad después de haberme violado cuando apenas empezaba a ser una mujer, crecer era mi pecado y a ese Dios le debía mi vida y a él siempre dirigí mis rezos para que purificara mi alma, y me hiciera doler menos el cuerpo, pero ahora, después que la muerte ya calmara los embates de la enfermedad, ahora después de muerta, no me acogió en su seno, morí siendo demasiado mujer y tal vez por eso me dejó parada acá, en el otro extremo del baile, vestida de negro, con las manos grises, llena de rabia, con las carnes ajadas y con frío, mucho frío.
27 de mayo de 2002.
Me deleito y no me importa...
Me deleito de la ternura de sufrir por mucho y por nada, de cepillarme los dientes fumadores con las nostalgias del día a día que aburre de tanto pasar; me deleito, y no me disculpo por ello, de saber que todos sufren igual y que lo disfrutan por poder confesarse que viven con ello… vivo con ello.
Me deleito y no me sorprendo al recordar lo hermoso y hacerlo terrible, detestable; me deleito en el drama imparable de los ojos siempre tristes del pasado, en llorar frente a las noticias infinitamente mejores que arroja un incansable televisor ausente, son mejores, no son mías.
Me deleito de tanto confundir con mis ojos melancólicos y mi sonrisa cínica; me deleito en que me pidan consejos que no tengo y además crean que son útiles cuando los invento.
Me deleito en que otros le den nombre a mis lágrimas y mis sonrisas, que mientan cuando dicen que me sufren en ausencia, que me sufren en presencia; me deleito y no me hastío cuando en el fondo sé que todo dolor y toda alegría no tienen nombre más que el mío propio, así de básica, así de mía.
Me deleito y no me caigo cuando los que más me aman me ignoran y me enseñan que nadie ni nada importa mucho, me deleito cuando me dan material para seguir quejándome de la vida, tomarme diez clonazepam y marearme de vez en cuando en las mentiras.
Me deleito en las falsas miradas comprensivas, porque nadie comprende, todos ignoran, todos solamente se autopadecen y por uno no lloran; me deleito y me sonrío porque sé de mentiras y verdades y la única verdad soy yo para mí, tú para ti, ellos para ellos, y todos los pronombres se resumen en uno.
Me deleito y descanso en que no me crean, en que me vean plata piedra; me deleito en la costumbre que he tomado de deleitarme de lo terrible, me deleito en ese espejo que siempre me insulta más de lo debido y en este cuerpo que felizmente me contiene y me detiene.
Me deleito en mi obsesión de odiar todo lo que amaste y no confiesas, en leerte y redescubrirme celosa, histérica, demasiado mujer, demasiado humana entre tus manos y tus letras para la diosa que mis padres sueñan de mí, me deleito y me duermo en que lo sueñen y lo sueñes y yo siga peleando por ser nada, roncando como gata desesperada.
Me deleito y no imagino, en que no entiendas nada ahora que lees, que no sepas ni de mi presente, ni de mi futuro y hasta dudes de las líneas torcidas que no viste…
Me deleito sinceramente y sin llantos, de dar paso al frente incólume, indolente.
Me deleito y no me río, me deleito y lo vivo, me deleito en desatino, me deleito y no me importa.
Me deleito y no me sorprendo al recordar lo hermoso y hacerlo terrible, detestable; me deleito en el drama imparable de los ojos siempre tristes del pasado, en llorar frente a las noticias infinitamente mejores que arroja un incansable televisor ausente, son mejores, no son mías.
Me deleito de tanto confundir con mis ojos melancólicos y mi sonrisa cínica; me deleito en que me pidan consejos que no tengo y además crean que son útiles cuando los invento.
Me deleito en que otros le den nombre a mis lágrimas y mis sonrisas, que mientan cuando dicen que me sufren en ausencia, que me sufren en presencia; me deleito y no me hastío cuando en el fondo sé que todo dolor y toda alegría no tienen nombre más que el mío propio, así de básica, así de mía.
Me deleito y no me caigo cuando los que más me aman me ignoran y me enseñan que nadie ni nada importa mucho, me deleito cuando me dan material para seguir quejándome de la vida, tomarme diez clonazepam y marearme de vez en cuando en las mentiras.
Me deleito en las falsas miradas comprensivas, porque nadie comprende, todos ignoran, todos solamente se autopadecen y por uno no lloran; me deleito y me sonrío porque sé de mentiras y verdades y la única verdad soy yo para mí, tú para ti, ellos para ellos, y todos los pronombres se resumen en uno.
Me deleito y descanso en que no me crean, en que me vean plata piedra; me deleito en la costumbre que he tomado de deleitarme de lo terrible, me deleito en ese espejo que siempre me insulta más de lo debido y en este cuerpo que felizmente me contiene y me detiene.
Me deleito en mi obsesión de odiar todo lo que amaste y no confiesas, en leerte y redescubrirme celosa, histérica, demasiado mujer, demasiado humana entre tus manos y tus letras para la diosa que mis padres sueñan de mí, me deleito y me duermo en que lo sueñen y lo sueñes y yo siga peleando por ser nada, roncando como gata desesperada.
Me deleito y no imagino, en que no entiendas nada ahora que lees, que no sepas ni de mi presente, ni de mi futuro y hasta dudes de las líneas torcidas que no viste…
Me deleito sinceramente y sin llantos, de dar paso al frente incólume, indolente.
Me deleito y no me río, me deleito y lo vivo, me deleito en desatino, me deleito y no me importa.
Esta mañana
Esta mañana tuve nostalgia de tu cuerpo sin cuerpo, de tus miles brazos de madera, de los cien ojos ciegos de tu verde selva, de tus praderas; tuve nostalgia incurable del sonido de tu grito sordo siempre queriendo libertad, de tu música eterna, de tu lucha inacabable, de tu flaca lealtad.
Esta mañana susurré el perdón más inútil, el te amo más difícil, el adiós que nunca dije; susurré un por favor, una orden, mil rabias, cuarenta tristezas, tres alegrías, una esperanza, ninguna excusa… una vez me fui.
Esta mañana morí otro poco en frío ajeno, parí ilusiones de volver, aborté planes de renuncia; corrí por tus tumbas de libertad, soñé el final de quien te oprime, reí sangre, sangré risas, podé recuerdos, sembré una mirada al vacío de tu centro.
Esta mañana seguí incrédula, flotante, inerte, casi muerta casi viva; controlé una lágrima estúpida, cautericé una herida incurable, asolé soledades, liberé falsas bondades; entendí otra vez mi partida, deseé mis regresos.
Esta mañana recordé por qué te lloro, por qué te llevo en el fondo de mi sangre sepultada; me arrepentí y me afirmé, como cada uno de estos días, como cada momento, cada respiro, como todas las mañanas.
13 de marzo de 2009
Confío padre

Confío padre
Confío en la esperanza que me enseñaste
Confío en la fuerza que me brindaste
Confío en la honestidad que me sembraste
Confío padre
En lo hermoso de ser tu hija
Confío en el amor infinito depositado en tu alma
Confío en que eres ser humano
… y no Dios…
(y no sabes cómo lo agradezco)
Confío en ser libre y pura
Confío en ser fuerte e independiente
Confío en que quiero confiarte
Que necesito confiar
Para demostrarme bajo tu experimento antiguo
Que puedo, como tú puedes y siempre has podido
Confío padre en tu eterna sonrisa
Confío en tus lágrimas siempre emocionadas
Confío en tu confianza en mí
Confío en tu alma… hazme sonreír.
Confío en la esperanza que me enseñaste
Confío en la fuerza que me brindaste
Confío en la honestidad que me sembraste
Confío padre
En lo hermoso de ser tu hija
Confío en el amor infinito depositado en tu alma
Confío en que eres ser humano
… y no Dios…
(y no sabes cómo lo agradezco)
Confío en ser libre y pura
Confío en ser fuerte e independiente
Confío en que quiero confiarte
Que necesito confiar
Para demostrarme bajo tu experimento antiguo
Que puedo, como tú puedes y siempre has podido
Confío padre en tu eterna sonrisa
Confío en tus lágrimas siempre emocionadas
Confío en tu confianza en mí
Confío en tu alma… hazme sonreír.
Pertúrbate madre

Pertúrbate madre
En el conocimiento sorpresivo de ésta tu hija
Pertúrbate
En el conocimiento sorpresivo de ésta tu hija
Pertúrbate
Que quiero perturbarte
Primero a ti que a nadie
Pertúrbate madre que cuando lo hice yo contigo
Fue cuando más aprendí a amarte
Pertúrbate conmigo de mí misma
Acompañándome como siempre
En la sorpresa
(bendita sorpresa diaria)
Que nos sigue llenando de alma
De ésta nuestra alma que perturba
Perturbemos madre,
El camino nunca deja de empezar
Para sorprendernos siempre
Del tormento y la dicha
Primero a ti que a nadie
Pertúrbate madre que cuando lo hice yo contigo
Fue cuando más aprendí a amarte
Pertúrbate conmigo de mí misma
Acompañándome como siempre
En la sorpresa
(bendita sorpresa diaria)
Que nos sigue llenando de alma
De ésta nuestra alma que perturba
Perturbemos madre,
El camino nunca deja de empezar
Para sorprendernos siempre
Del tormento y la dicha
De entender tanto la vida…
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