
Él me rodea de nuevo las ganas, siento su aliento rozarme detrás del cuello, y la piel, conforme, reacciona para aceptarlo. Vello a vello se erizan los poros y pretendo seguir durmiendo tan sólo para esperar que me seduzca de nuevo, que su mirada oscura y profunda me observe con ganas la espalda, que sus pupilas me rocen la línea que baja hasta mis glúteos y yo sentirlo como si no le hicieran falta manos para tocarme.
Sentir que su cuerpo se aproxima me sabe a dulce anticipando salado, me estimula las humedades nada más imaginarlo y un pequeño suspiro se escapa de mis labios a modo de respuesta a las caricias nacientes y sus dardos. Su mano pronta me ataca hacia adentro y yo, en el entresueño, dejo que mi sexo despierte primero; abro las piernas para recibir sus dedos y con mis diez brasas intento quemarle más aún su erecto anhelo.
Y así nos vamos enredando, dedos, piernas, lenguas, sexos… le pido penetrarme, le muerdo lentamente cada dedo que antes estuvo dentro y nacen las tempestades; me sigue, lo sigo, yo acoplo ganas y él me besa, me atrapa; ríe y lo escucho en la oscuridad de la cama, jadeo y me complazco en liberarme, sobre él, bajo él. Jugando a quererlo, jugando a tenerlo.
Transitamos placeres, bordeamos éxtasis, detenemos el espacio y él me baña de sudores extraños; retomo y lo lamo, golosa como su sabor, aprieto su cuerpo, araño sus rincones y me aseguro de raptarlo para siempre y para mí; ya segura acelero y lo acelero, me clava, me estaca, me mata y grito, gritamos… me acaba, lo acabo, me siento plena de él y sus líquidos hirvientes en mi cuerpo, en mi mente…
Extasiada al fin me atrevo, sé que ha terminado y abro los ojos para ver que no es él, eres tú, y mientras, ajeno, él se me pierde de nuevo, aguardando otra noche volver en el eterno esperar de mis sueños…
